La Biblia se presenta, tradicionalmente, como un libro de historia o de historias con un comienzo, un largo desarrollo y un final. El comienzo de la historia coincide con la creación del mundo y el fin con la predicación del Evangelio en el Imperio romano durante el siglo I después de Cristo. Se podría decir incluso que, en los primeros capítulos del Apocalipsis, la Biblia describe, de una manera anticipada, el final último de toda la historia: el fin del mundo. Dicho con palabras claras y sencillas, la Biblia contiene la historia del mundo desde
el comienzo hasta el final. La historia es parcial y fragmentaria, no pretende en modo alguno ser exhaustiva; intenta más bien decir lo esencial sobre nuestro mundo: afirma saber cómo se ha constituido, por qué existe y cuál es la vocación de la humanidad en el universo y cómo acabará este universo que conocemos. La historia contada en la Biblia es la historia de nuestro mundo, y es nuestra historia. En particular, la Biblia nos cuenta cómo la humanidad ha buscado largamente la salvación, una salvación que se le ha ofrecido, finalmente, en
Jesucristo. Durante siglos, estas afirmaciones no han supuesto dificultad alguna, especialmente en el mundo cristiano. Hoy, por el contrario, desde la aparición del espíritu crítico, las cosas son muy diferentes y se ha vuelto necesario que nos preguntemos cuál es el vínculo entre la «historia contada por la Biblia» y la «historia real». Se trata, pues, de establecer con mayor precisión si la «historia» contada por la Biblia es fiable o no.
La historia antigua y el mundo de la televisión
Adoptar el punto de vista crítico significa también poner en tela de juicio una de nuestras actitudes más comunes e inconscientes frente a la realidad y frente a nuestras representaciones de la realidad. En efecto, nuestro mundo está dominado por los medios de comunicación, en particular por la televisión. Estos medios crean la ilusión —pues se trata de una verdadera ilusión— de que es posible suministrar imágenes fieles de la realidad. Lo que vemos en la televisión sería —según la opinión general— una fotografía del mundo real. Esta
fotografía puede ser parcial, puede haber sido elegida con cuidado, y ciertos detalles pueden haber sido ocultados. Probablemente olvidamos, con excesiva frecuencia o con demasiada rapidez, que las imágenes están filtradas, que el ángulo de mira y el encuadre están estudiados con conocimiento de causa, que ni la secuencia de las imágenes ni el momento en que son presentadas son fruto de un puro azar, sino de estrategias muy elaboradas. A pesar de todo esto, no es menos verdad que, para nosotros, una película de actualidad es siempre un trozo de la realidad, pues pensamos que no existe ninguna distancia entre la fotografía y la realidad fotografiada.
La historia antigua y la «Pietá» de Miguel Ángel
No pretendo discutir esta creencia, aunque sería oportuno hacerlo. Ante todo, pretendo poner en duda la legitimidad de semejante actitud en lo que se refiere a la Biblia. La historia que nos presenta la Biblia no es una película televisada. No asistimos nunca a los acontecimientos contados como si estuviéramos frente a la pequeña pantalla. En realidad, existe una distancia, a menudo considerable, entre los acontecimientos y su descripción en las Escrituras. Del mismo modo que Miguel Ángel no pudo tener como modelos a María y a
Jesús para esculpir su Pietá dado que María y Jesús vivieron quince siglos antes que él, así también los escritores bíblicos, especialmente los del Antiguo Testamento, escribieron a menudo mucho después de los acontecimientos que describen. Ahora bien, la Pietá de Miguel Ángel expresa, con una intensidad digna de ser destacada, algo de la participación de una madre en la pasión y en la muerte de su hijo. Una simple recensión periodística no hubiera captado esta experiencia de la misma manera ni con la misma intensidad. Además,
Miguel Ángel forma parte de una larga cadena de artistas que han representado esta escena u otras semejantes, cada uno de ellos según la sensibilidad de su época. De hecho, los relatos bíblicos se encuentran a menudo más cerca de las obras de arte, como la Pieta de Miguel Ángel, que de las rúbricas de prensa o de los telediarios. No persiguen sobre todo la exactitud de la crónica fiel y detallada; buscan más bien —y en primer lugar— transmitir un mensaje existencial a propósito de los acontecimientos que describen. Dicho de modo claro, pretenden «formar» más que «informar». La significación del acontecimiento relatado es más importante que el «hecho en estado bruto», si es que existen en nuestro mundo humano «hechos en estado bruto». La relación de los hechos bíblicos con la «realidad» histórica es, por tanto, compleja; a buen seguro, más compleja que la relación entre un reportaje televisado y un hecho de la actualidad
La «verdad» de los relatos bíblicos
Nuestra tarea es, por consiguiente, doble. Por una parte, es necesario corregir nuestra representación de la «historia bíblica»; por otra, será necesario definir mejor el tipo de «verdad» que encontramos en las Escrituras. Para alcanzar este doble objetivo y convencernos de que la Biblia no está escrita por corresponsales de prensa que siguieran personalmente a los personajes y los acontecimientos con cuadernos de notas, grabadoras, máquinas de fotos y cámaras de televisión, es necesario comparar la historia bíblica con los documentos que los investigadores, historiadores y arqueólogos nos pueden suministrar sobre los acontecimientos que nos cuenta la Biblia. Será muy instructivo volver a tomar toda la historia bíblica, a partir de la creación, y preguntarnos si las descripciones ofrecidas por la Biblia están confirmadas o no por los documentos contemporáneos.
Historia e historias de la Biblia
El modo de relatar de la Biblia, como acabamos de ver, no es exactamente el de un telediario^ ni tampoco el de los historiadores modernos. También aquí es preciso corregir, sin duda, una manera demasiado difundida de abordar los relatos bíblicos, a fin de adoptar una perspectiva más justa. Voy a poner un primer ejemplo para hacerme comprender mejor.
¿Escribir una novela o escribir como en las novelas?
Llegados a este punto de nuestra investigación, se hace necesario introducir una distinción importante, en primer lugar, para tranquilizar a quien pudiera inquietarse por el giro que van tomando las cosas y, en segundo lugar, para dar un paso hacia adelante en nuestra comprensión de la Biblia. Decir que la Biblia utiliza determinados recursos literarios que encontramos en la novela moderna no equivale en modo alguno a decir que la Biblia es una novela. Sólo supone afirmar que la manera de escribir de los autores bíblicos está más
cerca de la de los novelistas modernos que de la de los cronistas, periodistas u otros corresponsales de la televisión. En términos muy sencillos, esta constatación se refiere únicamente a la forma de los relatos bíblicos y no implica ningún juicio sobre su contenido.
La historiografía moderna y la historia contada de la Biblia
¿Cuál es, entonces, la verdadera diferencia entre la historia tal como nosotros la comprendemos hoy y los relatos bíblicos? Vamos a partir de una definición bastante simple: la historia, o la ciencia histórica llamada historiografía, está basada en documentos y testigos. Los documentos pueden ser escritos o no escritos. Un palacio, una casa, una tumba, una punta de flecha, un graffi-ú escrito en una piedra, las cenizas dejadas en un hogar, son otros tantos documentos que permiten descubrir la existencia de personas. A partir de estos
documentos, se vuelve posible —tomando las precauciones necesarias y aplicando el rigor indispensable— elaborar un retrato de las personas que dejaron estos documentos y reconstruir el mundo en el que vivían. Ciertamente, los documentos escritos tienen una importancia capital. Ahora bien, éstos tienen que ser usados con espíritu crítico, porque pueden ser tendenciosos y deformar la verdad. Todos conocemos documentos parciales, incompletos o carentes de fundamento. Hoy conocemos asimismo las fotografías, las películas y las grabaciones. En la antigüedad, en cambio, existían diferentes tipos de iconografía y de estatuaria. Recientemente, algunos investigadores han consagrado mucho tiempo a estudiar la impresión de los sellos antiguos encontrados en el Próximo Oriente y han conseguido obtener informaciones muy interesantes sobre la historia de la religión popular de la época. Los testigos, por su parte, son testigos oculares, es decir, personas que han asistido a los acontecimientos. Puede tratarse también de personas que han recogido los testimonios de los testigos oculares. Sea como fuere, es importante que en la base del testimonio haya un testigo directo. A esta razón se debe que la historia se ocupe únicamente de acontecimientos públicos y no de acontecimientos privados. La oración o la reflexión de una persona sola en su habitación no forman parte de la historia, pues, necesariamente, no hay testigos. Y cuando no tiene ni documentos ni testigos, el historiador se calla. En la Biblia, sin embargo, el lector encuentra a menudo relatos que no corresponden exactamente a esta definición de «historiografía». En general, el lector no reacciona, pues los textos son muy conocidos y casi nadie plantea cuestiones críticas sobre ellos. Ahora voy a presentar algunos ejemplos de narraciones muy conocidas que no pueden haber sido escritas, a buen seguro, por testigos directos. Se trata de ejemplos parecidos al del autismo de Jesús evocado más arriba.
