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Lo que contiene la Biblia como nunca lo habías visto

Lo que contiene la Biblia como nunca lo habías visto La biblia es una Biblioteca La biblia, especialmente el Antiguo Testamento, es un libro aparentemente extraño y desconcertante. Aunque uno no lo haya abierto nunca, tiene ya una idea del mismo. Es un libro que forma parte del patrimonio de la humanidad, como las obras […]

Biblia Abierta

Lo que contiene la Biblia como nunca lo habías visto

La biblia es una Biblioteca

La biblia, especialmente el Antiguo Testamento, es un libro aparentemente extraño y desconcertante. Aunque uno no lo haya abierto nunca, tiene ya una idea del mismo. Es un libro que forma parte del patrimonio de la humanidad, como las obras de Homero o el Corán; por ese solo título puede muy bien estudiarse en el instituto o en la universidad.

También es sabido que muchos creyentes, muy diversos por otra parte, apelan a él como a su libro sagrado; en la liturgia se leen algunos de sus pasajes. De forma que, generalmente, se tiene de él una idea un tanto mágica, la idea de un libro «santo» en el que, si uno es creyente, va a buscar la palabra de Dios: una especie de catecismo o un libro de moral cristiana, y cuando uno lo abre, se siente extrañado.

En el Antiguo Testamento sobre todo se encuentra con historias del pasado sin interés alguno, con relatos de una moral poco edificante, con guerras, asesinatos, poemas extraños con los que nos resulta muy difícil rezar aunque tengan el nombre de «salmos», con consejos de moral vieja y «burguesa», teñida frecuentemente de misoginia…

Un libro desconcertante … Pero, en primer lugar, ¿se trata de «un libro»?

Es ante todo una biblioteca: 73 libros cuya redacción se fue haciendo durante un milenio. Si colocamos en un estante de nuestra biblioteca el poema del Mio Cid, un tratado de teología escolástica de la edad media, las coplas de Mingo Revulgo, los sonetos de Boscán, el Quijote, las obras de Feijóo, las Rimas de Bécquer, los Episorios Nacionales de Pérez Galdós y algunos libros de teología y de ciencia del siglo XX, tendremos cierto panorama de la literatura española durante mil años, pero nos sentiremos un poco desorientados al pasar de uno a otro.

Al ser una biblioteca, la biblia es también algo más que un libro. Es todo un mundo, una aventura: la aventura de un pueblo atenazado por la pasión de Dios, que tiene que hacernos nacer a nosotros, cuando lo leemos, a esa misma aventura. Pero empecemos con una parábola, y quizás resulte más claro lo que queremos decir.

Celebrando unas bodas de oro con mi amigo

Cuando llegué aquella tarde a su casa, estaban solos; ya se habían marchado sus hijos y pasamos juntos aquellas horas. Fue algo maravilloso. Me parecía que conocía muy bien a aquellos viejos amigos de siempre: personas sencillas que habían vivido juntos durante medio siglo, en medio de alegrías y de dificultades. Pero
aquella noche los descubrí con unos ojos nuevos, porque me abrieron su «tesoro»: una sencilla caja de cartón en donde había de todo.

Fotografías en primer lugar: la foto familiar, todos tan modositos y compuestos, la primera comunión y la boda de los hijos, instantáneas de una sonrisa de niño o de un paisaje de vacaciones. Tarjetas postales, vulgares y convencionales, muchas de ellas descoloridas y medio rotas, porque él las había guardado en su mochila durante la guerra.

Me las iban comentando, explicando … Y aquellos pobres clichés se convertían en testigos dolorosos o alegras de un momento de su vida. Iba brotando de nuevo toda su vida de aquellos papeles familiares: la genealogía familiar, lista monótona de nombres rancios, se convertía en sentimiento de pertenecer a un largo linaje, de estar arraigados en una tierra. Un contrato no era ya sólo un documento legal y minucioso, sino el sueño de una vida de trabajo y de ahorros realizado finalmente: tener «su» casa.

Las cartas del noviazgo (<<Cuidado, no le hagas leer eso»: protestaba el viejo, encantado de que yo descubriera de ese modo la ternura de su amor). Estaban también las oraciones compuestas para algunos grandes momentos de su vida. El sermón de su matrimonio estaba junto con unos versos ingenuos ofrecidos por uno de sus nietos …

Aquella velada pasó como un sueño. Creía que conocía bien a esos viejos amigos y de pronto, con ocasión de aquellas bodas de oro, junto a ellos y al mismo tiempo que ellos, descubría el sentido de su vida. Todas aquellas fotografías, aquellos papeles, eran algo vulgar, sin valor alguno. Sin embargo, resultaban inapreciables: no eran simples objetos, sino toda una vida que se había hecho tangible.

Cada uno de aquellos humildes objetos ocupaba su lugar en una historia, tejiendo su sentido. «De pronto -escribe Anne Philipe del momento en que, junto con Gérard, se dieron cuenta de que se amaban-, de pronto nos enriquecimos con centenares de instantes vividos juntamente y guardados en nuestra memoria porque nos habían ido uniendo cada vez más» (Le temps d’un soupir).

La Biblia – Experiencia y testimonio

Cada uno de los objetos o papeles que me mostraban aquellos ancianos amigos, gracias a la interpretación que me daban de él, me parecía una condensación de un momento de su vida. Aquel «momento de vida» se había hecho «texto»; lo que me interesaba en aquellos humildes testimonios de su historia no era evidentemente el objeto en sí mismo, el estilo o la ortografía de aquellas cartas de noviazgo, por ejemplo, sino
la vida en que podía comulgar con ellos a través de esos objetos.

Todos los escritos de la biblia se nos presentan también como condensaciones de vida, como momentos de su historia convertidos en textos. Podremos estudiar su estilo, su vocabulario, su estructura. Pero lo que sobre todo nos interesa es comulgar, por medio de ellos, en la experiencia que testifican.

La Biblia – Una vida interpretada

El relato de un acontecimiento no es el acontecimiento, sino más bien el acontecimiento tal como lo interpreta y lo comprende la persona que nos lo refiere. Hasta cierto punto podría decirse que el relato crea el acontecimiento en lo que tiene de esencial, esto es, su sentido. Efectivamente, muchos acontecimientos no tienen sentido para nosotros; toman un sentido cuando entran en nuestra historia.

Por ejemplo, un muchacho escribe a una chica que le manda unos apuntes de clase; algo perfectamente vulgar. Pero si esto les lleva a un encuentro, a un intercambio afectuoso, al amor, se convertirá para ellos, cuando la recuerden, en su primera carta «de amor», en el primer jalón de una aventura que les llevó al matrimonio. Un amigo nos dice una cosa a la que no prestamos mucha atención, pues nos parece que no tiene importancia; pero un día, como consecuencia de otros sucesos, la recordamos y decimos: «iAh! iEra
esto lo que me quería decir … !-.

Porque en definitiva las cosas se comprenden luego. Todos los humildes testimonios de aquel hogar eran conmovedores porque, a través de ellos, aquellos dos esposos descubrían el camino de su amor. Todos sabemos que resulta delicado escribir la vida de un hombre célebre, de un escritor, mientras vive. Por el contrario, la muerte de un «gran hombre- suscita numerosas retrospectivas: se publican fotos de su infancia, se busca en su vida de colegial cuanto anunciaba ya lo que sería algún día y que ahora se descubre.

Nosotros mismos, a lo largo de nuestra existencia, vamos aprendiendo lo que somos: a través de nuestros encuentros y de lo que nos sucede descubrimos nuestro temperamento. nuestros gustos, el mensaje -grande o pequeño- que tenemos que transmitir.

Y ésta es también la tragedia de la existencia humana: solamente en el momento de nuestra muerte sabremos lo que somos, cuando no podamos decir ya: «he aquí lo que soy», sino solamente: «he aquí lo que era».

Pero sigamos adelante. Ni siquiera la muerte es el término de esta comprensión. Se sabe mejor, por ejemplo, quién era el padre de Foucauld, que murió solo en el desierto, a través de los numerosos discípulos que apelan a él desde todos los rincones del mundo. Un suceso como la revolución francesa no revela su sentido más que por las múltiples declaraciones de los «derechos del hombre» que ha suscitado en el mundo entero.

De esta forma, cada acontecimiento encierra en sí numerosos sentidos que sólo se irán revelando progresivamente. Su relato podrá tener un sentido cuando sea redactado luego, recogido mucho después, releído en relación con otros relatos. Porque será entonces cuando manifieste otros sentidos más profundos.

Esta será la aventura maravillosa que conocerá el pueblo de Israel cuando relea posteriormente los numerosos testimonios de su historia: irá descubriendo cada vez mejor que todo aquello tenía un sentido, que iba a alguna parte o, mejor dicho, que llevaba hacia alguien.

Así, pues, tendremos que estar atentos, al leer la biblia, a sus diferentes sentidos: al sentido primero, el que podía tener aquel texto en el momento en que fue redactado, pero también a los sentidos más profundos que Israel percibió al volver a leerlo y a los que nosotros podemos percibir gracias a nuestra propia historia.

La biblia no es un reportaje histórico sino un testimonio real

Aquellos viejos esposos que me «contaban» medio siglo de su vida en común no pretendían ofrecerme un relato exacto de los sucesos que habían ido viviendo (un «reportaje en directo» materialmente exacto en todos sus detalles), sino presentarme el sentido que habían percibido en ellos.

Era un testimonio lo que me ofrecían, una buena nueva la que me anunciaban. Puede ser que alguno de los detalles no fuera muy exacto, pero sé muy bien que era verdadero, porque se trataba del sentido que ellos descubrían en él. A través de aquellos detalles «históricos», yo descubría a mi vez la «realidad» invisible.
«Histórico» y «real»: dos palabras que con bastantes autores hemos de distinguir (quizás de la forma un tanto artificial) para ver las cosas con mayor claridad.

Para nosotros, el adjetivo .. histórico» designa habitualmnete lo que se ve, lo que se toca, lo que tiene que ver con la ciencia. Lo «real» designa aquí lo que le sucede a un ser, lo que lo transforma en su vida personal o colectiva. Estos dos términos se tocan entre sí, pero ¿acaso cubre uno al otro?

Pongamos un ejemplo: el amor entre dos seres es algo muy .real», que forma parte de su historia. Pero ¿podemos decir que es .histórico», visible, mensurable? Ciertamente, hay signos históricos de ese amor, huellas visibles; por ejemplo, que se abrazan, que viven juntos…

Pero esas huellas históricas son, en sí mismas, ambiguas. Hay que interpretarlas refiriéndose a la «realidad» invisible; porque a veces también ocurre que se abrazan dos que no se quieren. Aquel beso será para mí signo de su amor en la medida en que sepa por otra parte que se aman, porque me lo han dicho ellos mismos u
otras personas, esto es, en la medida en que yo .crea .. en la realidad invisible. Y entonces el hecho de ver cómo se abrazan reforzará mi «fe .. en su amor.

Nos encontramos aquí con lo que P. Ricoeur llamaba el «círculo hermenéutico»: para comprender hay que creer, y para creer hay que comprender. Sería mejor hablar de espiral en lugar de círculo, porque al ir continuamente del uno al otro progresamos en el conocimiento de la realidad invisible y en el significado de
las huellas históricas.

Todos hemos realizado la experiencia de esto al dialogar con alguno de nuestros amigos no creyentes: comprobábamos que ciertas afirmaciones sobre Jesús nos parecían evidentes y que brotaban verdaderamente de los textos para un espíritu sin prevenciones, mientras que para los no creyentes, incluso cuando estaban en busca de la fe, las cosas no eran tan claras. Es que nosotros leíamos esos textos desde el interior de la fe -y entonces nos resultaban claros y «probativos .. -, pero ellos los leían desde fuera de la fe, y esos mismos textos no les decían nada.

Es que hay una doble aproximación a los textos y a los acontecimientos. Aunque yo no conozca a esas dos personas que se abrazan, puedo hacer un estudio general de ese gesto en cuanto que significa, habitualmente, cariño y amor. Pero no podré percibir su verdadero significado, en tal caso concreto, más que cuando entre en la intimidad de esos dos seres.

De la misma forma, como la biblia es un escrito humano, puedo estudiarlo tanto si soy creyente como si no lo soy. Puedo incluso percibir el sentido que sus autores quisieron presentar. Pero no lo comprenderé de verdad más que si entro con ellos en su búsqueda, si camino con ellos en la misma fe. «¿Cómo comprender lo que
no se ama?», pregunta Almagro en El zapato de raso.

La Biblia – La densidad de una vida

En una sola velada aquel viejo hogar puso ante mis ojos, sobre la mesa, medio siglo de existencia. Todo estaba reunido en aquella caja de cartón, pero cada documento adquiría importancia y sentido cuando mis amigos lo situaban en su tiempo. Aquellas cartas de amor, escritas hoy, me habrían parecido ridículas; testigos de
los lejanos tiempos de su noviazgo, su encanto añejo resultaba conmovedor. Para comprender lo que me contaba de su guerra, tenía que saber que se trataba de la del 14, no de la del 39.

La biblia reúne en un solo libro dos mil años de historia. Es importante poder situar de nuevo cada uno de los elementos de que se compone en el tiempo y en la cultura en que fue redactado. Así, pues, tendremos que procurar trazar la HISTORIA LITERARIA de la biblia, esto es, situar, en la medida en que nos sea posible, la
literatura bíblica (los diferentes libros y, eventualmente, las partes del libro) en la historia de Israel.

En su «tesoro .. , mis viejos amigos habían ido clasificando sus recuerdos por categorías: fotografías, cartas, papeles familiares … , y aquello nos obligaba a continuos retrocesos, ya que la serie de fotos nos hacía recorrer toda su historia, historia que volvíamos a comenzar con las cartas, etcétera.

Como conocía aquel medio en sus líneas generales, no me costaba mucho trabajo situar aquellos recuerdos.

La biblia recoge recuerdos de dos mil años de una historia que sin duda nos resulta poco conocida. Por tanto, tendremos que trazar ante todo sus líneas generales. Podemos reconstituir la gracias a los documentos arqueológicos y a lo que de ella nos dice la misma biblia.

Pero ésta, en el relato que nos hace de los acontecimientos, nos da el sentido que el pueblo de Israel percibió en ellos. Intentaremos, pues, al mismo tiempo descubrir ese nivel del sentido para Israel que podríamos llamar su historia sagrada. Podríamos llevar a cabo este trabajo como meros historiadores, declarando solamente: éstos son los hechos y éste es el sentido que Israel vio en ellos. Pero también somos creyentes, es decir, creemos que ese sentido es también el mismo que intentamos vivir nosotras.

Por tanto, no podemos pretender una pura objetividad (pero ¿acaso es posible esta objetividad?) al dar cuenta de esta historia sagrada; sin duda mezclaremos, consciente o inconscientemente, el sentido que nosotros leemos en ella. y así es como tenemos que leerla. Nos será posible entonces trazar la historia literaria, esto es, situar en ese desarrollo a cada uno de los libros como testigos de la conciencia que tuvo ese pueblo de que estaba viviendo una historia sagrada.

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